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lunes, 31 de agosto de 2015

Una vieja DAMA INDIGENA (para el Imperio)

Una vieja DAMA INDIGENA (para el Imperio)
SUSAN SONTAG
Estudió filosofía, literatura y teología. Su ensayo Contra la interpretación la convirtió en referente de los movimientos intelectuales de los '60. Vivió sus últimos diez años junto a la fotógrafa Aniie Leibowitz. Fragmentos de sus textos más conocidos.Publicado por VEINTITRES 30/12/2004
SOBRE EL ARTE
El arte más interesante y creador de nuestra época no está abierto al poseedor de una cultura general. Exige un esfuerzo especial.
Habla un lenguaje especializado.
Con frecuencia,la conquista y explotación de nuevos materiales y métodos obtenidos en el mundo del "no-arte" -por ejemplo, de la tecnología industrial, de los procesos y la imaginería comerciales, de las fantasías y sueños meramente privados y subjetivos- parece acaparar el esfuerzo principal de muchos artistas. Los pintores no se sienten ya limitados allienzo o la pintura; emplean también cabello, fotografía, cera, arena, neumáticos de bicicleta, sus propios cepillos de dientes y calcetines.SOBRE JORGE LUIS BORGES Y LOS LIBROS
(a diez años de su muerte)
12 de junio de 1996
Querido Borges:
Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la etemidad, no parece demasiado extraño dirigirle una caña. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida
el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico. También tenía algo que ver con
una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada.
Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 -es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)- dije en una entrevista: "Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos diran que es el más grande escritor viviente... Muy pocos escritores de hoy no aprendie-
ron de él o lo imitaron". Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario "real" a uno imaginano, el mundo de los libros. Los libros
son mucho más.
Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible, de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado
en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos en "pantallas-libros" cualquier "texto" a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas,
"interactuar" con ese texto. Cuando los libros se conviertan en "textos" con los que "interactuaremos" según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Por supuesto, usted y yo sabemos, eso significa nada menos que la muerte de la introspección... y del libro.
Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podría estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros -de la lectura en sí- que a usted? (Borges, son diez años) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe.
SOBRE LA RESISTENCIA
Permítanme evocar no a uno, sino a dos héroes, sólo a dos, entre millones de héroes. A dos víctimas entre millones de víctimas.
El primero: Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en su investidura mientras oficiaba misa en la catedral el 24 de marzo de 1980 -hace 23 años-, pues se había convenido en "un manifiesto defensor de una paz justa y se opuso públicamente a las fuerzas de la violencia y la opresión".
La segunda: Rachel Corrie, estudiante universitaria de 23 años procedente de Olympia, Washington, muena con su brillante chaleco anaranjado fluorescente
con tiras de Day-Glo, que los escudos humanos llevan con el propósito de ser del todo visibles -y tal vez para estar más seguros-, mientras intentaba detener una de las casi diarias demoliciones de casas de las fuerzas israelíes en Rafah, una población en el sur de la franja de Gaza, el 17 de mano de 2003. De pie, frente a la casa de un médico palestino elegida para
su demolición, Corrie, una de los ocho jóvenes voluntarios estadounidenses y británicos, escudos humanos en Rafah, había estado agitando los brazos y gritando por megáfono al conductor de un bulldozer D-9 blindado que se acercaba; entonces se hincó de rodillas en el camino del gigantesco bulldozer, el
cual no aminoró su marcha.
Dos figuras, emblemas del sacrificio, muenas por las fuerzas de la violencia y la opresión, a las cuales ofrecían una oposición por principio, no violenta; y peligrosa. Comencemos por el riesgo. El
riesgo del castigo. El riesgo del aislamiento. El riesgo de ser herido o muerto. El riesgo del desprecio.
Somos carne. Se nos puede perforar con una bayoneta, despedazar con un bombardero suicida. Se nos puede aplastar con un bulldozer, o abatir a tiros en una catedral.
El miedo vincula a la gente. Y el miedo la dispersa. El valor es inspiración de las comunidades; el valor de un ejemplo, pues el valor es tan contagioso como el miedo. Pero el valor, algunas de sus modalidades, puede también aislar a los valerosos.
El destino perenne de los principios : si bien todos afirman profesarlos es probable que se sacrifiquen cuando se vuelven incómodos.
Por lo general un principio moral es algo que nos pone en desacuerdo con la práctica aceptada. Y ese desacuerdo acarrea sus consecuencias, a veces desagradables, pues la comunidad se venga de
aquellos que ponen en entredicho sus contradicciones: quienes desean una sociedad que en verdad mantenga los principios que dice defender.
¿Qué modelos, qué historias? Un mormón puede resistirse a la ilegalización de la poligamia. Un opositor militante al aborto puede resistirse a la ley que vuelve legal el aborto. Ellos, también, invocarán las pretensiones de la religión (o de la fe) y la moralidad, contra los edictos de la sociedad civil. Se puede usar la apelación a una ley superior existente que nos autoriza a desafiar las leyes del Estado para justificar la transgresión criminal, así como la más noble lucha
en favor de la justicia.
El valor no tiene calidad moral en sí mismo, pues el valor no es, en sí mismo, una vinud moral. Los canallas, perversos, asesinos y terroristas acaso sean valerosos. Y la resistencia no es valiosa en sí misma. El contenido de la resistencia es lo que determina su mérito, su necesidad moral.
Reitero: no hay superioridad inherente en la resistencia. Todos nuestros llamamientos en favor de la rectitud de la resistencia se apoyan en la rectitud del llamamiento según el cual los resistentes actúan en nombre de la justicia. Y la justicia de la causa no depende de, y no se ve acrecentada por, la vinud de los que pronuncian la afirmación. Depende, en primera y última instancia, de la verdad de una descripción de
circunstancias que son injustas e innecesarias.

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Raul