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domingo, 30 de agosto de 2015

EL DRAGON ZITO

EL DRAGON ZITO
(Pequeña historia mitológica)


Manuelillo, como le decían pese a sus años, pastaba sus cabras en la ladera este de la serranía, cercano al antiguo poblado, de muy pocas casas habitadas, semiderruidas, similar a los demás pueblos vecinos, donde sólo quedaban los viejos, y los más viejos; ya que los hijos y sus hijos, emigraban a las grandes ciudades en busca de otros horizontes. Los jóvenes sólo de cuando en cuando llegaban un par de días de visita, y muchos hasta se olvidaban de su origen montano. Algún turista se desviaba de la carretera, para curiosear o pernoctar en la montaña, comprar aromáticos quesos de la región y tomar alguna foto del paisaje, incluyendo en lo posible a alguno de estos olvidados aldeanos, ariscos y ceñudos; a los que consideraban pintorescos, con sus cayados y sus vestimentas típicas.
Una de sus cabras se apartó y debió subir difíciles y escarpados senderos en su búsqueda. Alcanzó a verla cuando desaparecía detrás de un matorral, y eso lo condujo a encontrar aquella gruta casi invisible. Adentro encontró al animal, y vio, donde casi no llegaba la claridad del día, que la cueva se ramificaba en pasadizos, horadados en lo profundo de la caliza montaña, seguramente cavados por filtraciones de miles y miles de años.
Lo asustó un trueno apagado, surgido desde lo más profundo, seguido de un resplandor y una olorosa bocanada de humo y detrás, como empujando, una viva llamarada que por suerte no lo alcanzó, por haberse quedado cerca de la entrada. La cabra disparó velozmente en busca del grupo, balando despavorida, pero él no logró moverse, por el terror y la sorpresa.
Otra bocanada de humo y fuego, con un olor asfixiante; que se repitió dos o tres veces más, hasta que pudo moverse y salir torpemente, habiendo visto detrás un brillo lejano de escamas verdosas…
Él mismo no podía creer lo que había visto. Rebobinaba y revivía esos momentos y volvía la imagen escamada, monstruosa y gigantesca… Caviló todo el regreso, volviendo con sus cabras. Se ensimismó y taciturno evadió a sus vecinos, y hasta a su mujer, que lo encontró desconocido… Temió haberse vuelto loco. Sabía de antiguas historias de dragones, las que provenían todas de la antigüedad. Mitos y leyendas. También él, como todos, le contó a sus hijos aquellas leyendas. Hasta San Jorge abatió uno de ellos, con su espada y la fuerza que le daba la fe.
De la edad media perduran antiguas aventuras de valientes caballeros que rescataron princesas, por ellas o por las recompensas que ofrecían los reyes. Cientos de historias que desdibujadas y nebulosas, hoy nos parecen risueñas, antes que inspirarnos miedo; porque sabemos que son sólo eso: leyendas, antiquísimas leyendas.
En una se habla de una doncella que nadie fue a rescatar, y el dragón mismo la devolvió; por no soportar el mal genio que tenía, y parece ser que tampoco era muy hermosa.
Pero encontrarse hoy día con una experiencia de estas, ciertamente, movía cualquier estantería, por más armada y sólida que estuviera. Manolillo rechazó hasta la sopa de gallina con arvejas, que tanto le gustaba, y que su santa mujer, tanto o más vieja que él; le preparó para recuperarlo y que volviera a ser el de siempre. En cambio siguió cavilante, y se sentó a la sombra del frondoso nogal, detrás de la vieja casona, donde estuvo por horas.
Esa misma tarde llegaron corriendo y gritando, dos niñas adolescentes que vinieron de visita, de la ciudad donde estaban estudiando, a pasar el fin de semana en la montaña, con sus abuelos; y que habían salido temprano esa mañana, recorriendo senderos, trepando laderas, jugando a que eran arriesgadas exploradoras.
Encontraron la gruta e intentaron explorarla, pero juraban que un espantoso dragón, les había lanzado llamaradas olorientas y atronadoras, desde el interior profundo de la cueva. Que no lo habían visto bien, pero juraban que era un dragón de carne y huesos…, y también de escamas…y apagados brillos verdosos…
Si bien nadie les creía, tanto insistieron que convulsionaron a los cuarenta y tantos viejos que componían lo que quedaba de aquel villorrio extremeño, más un par de vecinos de otro pueblo cercano que llegaron en un auto desvencijado, buscando unas tejas usadas para un arreglo. Ambas hablaban y gesticulaban al mismo tiempo, repitiendo desaforadas, la misma historia, y surgían cada vez, más y más detalles.
Coincidieron en ir al momento al lugar, a ver qué es lo que las niñas habían visto; aun que hubo una docena que eran escépticos y optaron por una actitud francamente burlona.
_Coños. A esta altura de los tiempos, no podeis creeros esto…_
_Que como nos ven brutos, alguien nos está haciendo una broma…_
_Lo que es yo no voy…, ni para que se me rían luego…
No obstante, siguieron al fin a los demás hasta la gruta. Grutas en esas sierras había más de una. Eran conocidísimas otras; pero ésta era una de las tantas, que la montaña había ocultado, quizás por siglos…
Antes de llegar ya divisaban volutas de humo que escupía la ladera, y lejanos retumbos, como desde adentro de la montaña. Algunos decían que el suelo temblaba con cada trueno. Las niñas decididas, iban con el grupo que encabezaba la gruesa hilera, deformada, porque cada uno debía buscar apoyo en las piedras y en las matas, dado lo abrupta de la ladera que iban rodeando.
Apenas vadearon la puerta, sintieron el olor y llegaron una y otra vez, los rugidos y las bocanadas de humo y fuego. Intentaron acercarse para ver al dragón, si es que lo era; pero las llamaradas se lo impedían. Luego se fueron espaciando y avanzada la tarde, sólo se repetían muy de tanto en tanto. Hasta que hubo una larga pausa, y cuidadosamente se fueron adentrando, más y más, hasta que en la penumbra pudieron verlo, malamente; allí echado en el fondo de uno de los pasajes, como si se hubiera quedado dormido. Si bien la luz era escasa, se adivinaba una forma confusa, gigante, de monstruo verdoso, escamado y gruñón, respirando ruidosamente, como con dificultad.
Paralizados por el asombro, se hacían señas uno a otros, que mantuvieran silencio, quizás para observarlo sin que se despertara.
Esa noche no durmió nadie, ya que de las cercanías se arrimaban a cerciorarse, por los rumores que echaron a correr.
Al día siguiente, centenares de curiosos se acercaron a la gruta, pero todo estaba calmo y en silencio. Vecinos del pueblo se constituyeron en guardianes de la cueva, cosa que nadie osara molestar, a lo que ya habían adoptado como mascota, como un emblema, o un regalo, que traía un nuevo significado a sus vidas montañesas.
En los días sucesivos no dio señales de vida. Todo era silencio y quietud.
En las ciudades del pais, todo lo que provocaron fueron risas socarronas. Los medios no le prestaron atención. Lo máximo, fue un pequeño recuadro en una página interior, o un par de chistes en la televisión. Esas aldeas ignorantes estaban llenas de leyendas, mitos y supersticiones. En estos tiempos modernos la gente civilizada estudiaba, tenía conocimientos y tecnología avanzada, colegios y universidades…, estaban de vuelta de todas esas ridiculeces…
Nada menos que un dragón…
Y en estos tiempos…
Una lujosa y veloz camioneta deportiva, llegó al pueblo al medio día, y frenando bruscamente levantó una revoltosa nube de polvo; entre un alboroto y plumas de gallinas, y cerdos rezongones que corrían en zigzag, enloquecidos. Cinco muchachotes irrespetuosos y petulantes, cargados de buena ingesta de cervezas, descendieron de un salto, profiriendo gritos y carcajadas burlonas; entre una soez letanía, sobre la tonta inocencia de estas gentes, de su ignorancia, de llegar a creer semejantes cosas… ¡Pobres…!
Querían conocer el lugar y ver la gruta con sus propios ojos…Luego exagerar, seguramente, la ingenuidad de los montañeses; y cuanto condimento se les ocurriera, para divertirse luego, en sus parrandas.
Llegaron entre carcajadas y gritos a la gruta, irrumpieron en ella, y avanzaron tanto como pudieron, metiéndose en los túneles y pasadizos que encontraron, riéndose porque no había señales de nada en absoluto. Si hubieran escuchado mejor habrían oído un profundo murmullo entrecortado, como de la respiración de un gigante. Rompieron algunas estalactitas y siempre a los gritos, las arrojaban al fondo, provocativamente…
De pronto surgieron el fogonazo y el trueno, que apenas alcanzaron a percibirlo. Fue la llamarada esta vez, una verdadera tormenta de fuego, que barrió literalmente a los incursores hasta fuera de la gruta misma, y dos o tres de ellos, con las ropas en llamas, rodaron cuesta abajo, entre zarzas y cadillos. Pero nada que lamentar; en la rodada se apagaron las llamas, y los rasguños y moretones se curarían luego en un par de semanas…
En lo profundo de la gruta, mamá dragona, acariciaba mimosamente a su “pequeño” Zito, que era toda su familia, desde que papá dragón murió, joven todavía, a los dos mil y tantos años…
-Ese estornudo de recién, m’hijito, me dice que te volviste a resfriar…
-No debiste asomarte días atrás cuando tenías esa bendita tos, las corrientes de aire suelen ser peligrosas en estas grutas tan húmedas, máxime en niñitos como tú, ya que aún no cumpliste ni quinientos años…-“
Y desde entonces, nunca más volvieron a ver ni a escuchar nada que diera vestigios de dragón alguno. Ni la gente del pueblo, que vieron esfumarse aquella estrella fugaz, que pudo tener sabor a gloria; ni el peregrinar de los curiosos que volvían decepcionados a sus pagos.
Mamá dragona se mudó con su pequeño Zito, a otra cueva desconocida e inaccesible, menos húmeda, donde no hubieran aquellas corrientes perjudiciales.

FIN
Celso H. Agretti
25/05/2009

Avellaneda, Santa fe

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